jueves, 20 de febrero de 2014

LA LUNA Y LA ANCIANA
¿QUE REGALO DESEARÍAS, MAS?
 Desde mi atalaya observaba como giraba el planeta tierra y jugaba al escondite con aquellos pequeños seres que la habitaban. Aquel juego era solemnemente aburrido y el final siempre el mismo, a las doce horas de haberme escondido algunos empezaban a atisbarme, algunos me miraban embelesados, otros con nostalgia y  la gran mayoría me ignoraba. Tras pensármelo durante varios instantes, decidí cambiar mi pasatiempo durante  En las próximas veinticuatro horas y dado que se hallaban inmersos en aquello que ellos llamaban “La navidad”. Según tenía entendido eran fechas festivas, en las que solían hacerse regalos y momentáneamente abrir su corazón, solían acordarse de sus ancianos, de los famélicos niños que eran obligados a aprender a disparar antes que a escribir, daban donativos a “piadosas organizaciones lucrativas” para acallar su conciencia e incluso “olvidaban” afrentas hechas o recibidas. A pesar de no comulgar con tales despropósitos, decidí entrar en el juego. Elegiría a uno de aquellos seres y le haría un regalo, dado que no formaba parte de su sociedad y que no tenía ningún tipo de interés propio, esperaba ser objetiva en mi elección. Al contrario de lo que creía tardé varios días en encontrar la destinataria de mi regalo.
Era una viejecita encorvada, debido quizás al peso de los años, sus ojos estaban vendados y como todo complemento sujetaba una pequeña balanza, se acercaba a otros congéneres tratando de llamar su atención, hablaba y hablaba, pero se repetía la misma respuesta: ¿qué puedo hacer yo solo?
Con la ayuda de una nube amiga, que descargó sobre ella unas gotas de lluvia, reclamé su atención. Con un gesto de enfado miró hacia el cielo y dijo:
─ Encima ahora llueve.
Aproveché la ocasión, para entablar conversación con ella.
—  No te preocupes, son tan solo unas gotas, quería llamar tu atención, espero que no te hayas mojado demasiado.
— ¡Bah! Apenas se me han humedecido unos pocos cabellos, — ¿Para qué querías llamar mi atención?
— ¿Puedo preguntarte una cosa?
—   He preguntado yo antes, pero bueno, ya me he acostumbrado a que me ignoren, así que haz tu pregunta.
—  Precisamente eso quería preguntarte, ¿por qué todos te dan de lado y te miran con desdén?
—  Supongo que mis palabras les molestan.
—  ¿No tienes familia?
—  Sí, todos ellos tienen parte de mí.
Aquella repuesta me desarmó por completo, me dejó completamente abatida, ¿no se trataba aquel juego de simular fraternidad? Si eran capaces de hacerlo con desconocidos, ¿por qué con ella no?
—  No has respondido a mi pregunta — inquirió la anciana, cortando de raíz mis pensamientos.
—  Es cierto, así que lo haré de inmediato. Como estáis celebrando la navidad y todos os hacéis regalos, yo también quiero participar en ello y he estado buscando a alguien al que hacerle el regalo que más apreciara. Creo que tú eres el ser que buscaba.
—  ¿Por qué?
—  Te ignoran todos, algunos te desprecian y otros te temen. Con toda seguridad serás el único ser vivo que no recibas un regalo. Dime, ¿qué regalo sería el que más felicidad te reportaría?
Permaneció callada durante unos segundos, parecía cavilar, me  miraba con incredulidad, no obstante respondió.
—  Tan solo quisiera que me escucharan.
—  ¿Es lo único que deseas? Puedes pedir lo que quieras.
—   Con ese simple hecho sería feliz y encontraría sentido a mi larga vida.
A pesar de sus harapos y de su famélico aspecto, tan solo pedía ser escuchada. En aquel momento recordé que ni siquiera sabía su nombre.
—   ¿Cual es tu nombre? — le pregunté.

—  JUSTICIA — Fue su respuesta


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