sábado, 8 de marzo de 2014

Resignación hija, resignación. o mejor dicho el origen.

Aquella noche el como de costumbre invadió la casa con sus gritos y malos modos. Se sentó en una silla junto a la mesa y estuvo casi media hora lanzando improperios, allí sentado tambaleándose debido como no, a esas copillas como el las llamaba.
─ Ponme la cena.─  dijo de pronto.
─ No tengo nada que cocinar.
─ ¿ya te has gastado todo el dinero?, eres una manirrota, seguro que te lo  has gastado comprándole libros a tus hijos.─  Se levantó de la silla, acercándose a ella y cogiéndola del cuello.─ mas te vale que los devuelvas y que esa otra inútil se ponga a servir en la casa del alcalde, siendo pobre  y mujer, es para lo único que servís.
Aquel comentario pareció darle valor y haciendo acopio de todo el que le permitía las circunstancias, le respondió.
─ Mi hija estudiara, no será la criada de nadie y mucho menos la concubina de ese viejo baboso.
─ ¡ja,ja,ja! Además de mujer y pobre, también estúpida y loca.─ ¡plash! ¡plash!─ Esto para que despiertes y aprendas quien manda aquí. ─ tras estas palabras sonaron varios estruendos y lamentos en la habitación.
En la habitación contigua una menuda figura masculina se levanto dirigiéndose al salón, la vio allí sentada en una silla se le notaba  dolorida, asustada y amoratada.
 -¡otra vez la misma escena!- masculló en voz baja si poder contener el reguero que mojó sus mejillas.
Al notar la presencia del niño la mujer se levantó de la silla, adecentó su apariencia lo mejor que pudo y con un porte lo más digno posible se dirigió a otra de las habitaciones, antes de entrar en ella le dijo al niño.
─ Vístete hijo.
Al cabo de unos instantes los tres salieron de la casa y caminaron durante unos minutos hasta llegar al cuartel de la guardia civil, en la puerta nos paró una adusta figura que asustaba.
─ ¡Alto, donde vais!
─ Buenos días, quiero poner una denuncia por maltrato ─ Contestó ella
─ ¿Cómo dices?, ¿pero que te crees, que aquí estamos para perder el tiempo con esas tonterías?
─ Fíjese lo que me ha hecho mi marido ─ objetó la mujer
─ Motivos le habrás dado, anda vete a tu casa, pídele perdón, pórtate bien y veras como ya no lo vuelve a hacer.
Apretó las manos de ambos niños y fruncía el ceño, intentando contenerse. Giró sobre si misma y tiró de sus hijos, iba callada, sus ojos colorados y húmedos, mientras en su cabeza giraba y giraba la misma pregunta, sobre aquella fría estatua de piedra que estaba en la puerta del cuartel.
─ ¿Es que no tiene corazón, acaso el ridículo sombrero que lleva, es del mismo color que su alma?
Tras unos minutos andando, llegaron a la puerta de la parroquia, la rodeamos hasta ver una puerta de color verde, tocó varias veces el timbre, se abrió la puerta y surgió tras ella una figura casi idéntica a la anterior, tan solo las diferenciaba el uniforme, esta  llevaba una sotana negra como el tizón y en el cuello se podía ver un pequeño cuadrado blanco, seguramente sería lo único blanco que tendría en todo su conjunto.
─ Buenos días ─ saludó mi madre.
─ Buenos días, hija. ¿En qué puedo ayudarte?
─ Necesito refugio, mi marido me ha dado otra paliza y quiere vender a mi hija al alcalde.
─ Tranquilízate, hija tranquilízate y cuéntame, seguro que no es para tanto.
Mi madre le contó lo ocurrido la noche anterior.
─ Hija mía, si piensas un poco él tiene sus motivos, la ley de dios lo dice bien claro, cuando una mujer se casa debe obedecer a su dueño. Y si él no quiere que tu hija estudie es por su bien, los libros cuestan dinero, no enseñan nada de lo que una mujer de bien debe saber y ese dinero que el gana os hace falta para comer. Además exageras al decir que quiere vender a tu hija, tan solo quiere que le ayude a la Sra Alcaldesa y aprenda las labores del hogar, incluso sé que el alcalde  es un buen católico y seguramente que alguna limosna aportara a vuestra economía.
A cada silaba de aquel personaje la mujer se iba desinflando, se veía hundirse en la resignación. No obstante en un último intento de lucha, insistió.
─ Pero el dinero se lo gasta él, en la taberna y en la casa de Matilde.
─ Resignación, hija resignación, Además, ¿tu cumples con tus obligaciones maritales? un hombre necesita un desahogo de vez en cuando. Mira vamos a hacer lo siguiente, vuelve a tu casa, demuéstrale que estás arrepentida y yo trataré de hablar con el, para que no sea tan duro contigo. Pero ante todo debes comprender que es tu dueño y le debes obediencia.
Completamente derrotada, se levantó dirigiéndose hacia la puerta y con la mano hizo un gesto para que los niños la siguieran.
Volvieron a la casa desde donde salieron algunas horas antes, aquel día  transcurrido plácidamente, ya que hasta bien entrada la tarde no volvió a aparecer aquella figura tambaleante que les hacia estremecerse.
Una vez dentro miro a la mujer miro a lamujer con una sonrisa irónica como de triunfo, se dirigió al niño, diciéndolé.
─ Hijo, espero que hoy hayas aprendido la lección de cómo se debe tratar a las mujeres, la ley de dios y la de los hombres nos lo dictan.
Después se dirigió a la mujer.

─ Y tu haber si haces caso de lo que te ha dicho el cura de una vez, si no tendré que volver a castigarte.

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